Sólo quiero no perderte

Sólo quiero no perderte

Sara Levesque


¿Quién dijo que ser sensible es de cobardes?
¿Quién se atrevió a afirmar que amar de nuevo es inútil porque te ganarás otra cicatriz para la colección?
¿Quién tuvo valor para asegurar que si muestras tus sentimientos te tacharán de débil?
Quienquiera que tan «sabias» palabras expresó no sabe lo mucho que se equivocó.
A día de hoy, mediados de abril de 2020 no podemos escrutar los ojos de nadie salvo los de los sujetos que comparten encierro con nosotros. Antes, elegíamos sin mirar la opción ignorar a quienes nos rodeaban. Ahora, miraríamos a la persona de la que antes huíamos hasta gastarnos la vista. Seríamos los ciegos más felices del mundo. Antes éramos ciegos de Corazón. Ahora existiríamos entre parpadeos junto al individuo por quien sentimos tanto Amor.

Ahora, lloraríamos un mar con tal de revivir la situación de subir de la calle empapados por ese temporal que nos ha pillado desprevenidos y poner perdido el salón con el charco que arrastramos en las suelas de nuestros zapatos. No nos enfadaríamos por tener que sacar la fregona y frotar con ahínco las manchas de barro. Miraríamos esas salpicaduras, usaríamos la mente para dibujar una silueta con ellas igual que hacemos con las nubes y después nos frotaríamos los labios en un beso juguetón, sonriendo por haber descubierto la sencillez de no discutir por tonterías.
Caminaríamos sin protestar hasta deshacernos los pies y sostenernos sobre muñones para ir a buscar a esa persona especial que vive muy lejos. No nos importaría perder las horas viajando en el monótono metro, llegar al sitio y descubrir que nos toca seguir esperando porque se retrasa. Ahora, cambiaríamos encantados los gritos de reproche por gemidos a la hora de la siesta o en mitad de cualquier noche. Y siempre sonriendo.

Ningún maestro supo prepararnos en la infancia ante lo que ahora tenemos por delante: el planeta nos entrega una dura enseñanza. Solo en él reside el poder de inclinar la balanza para que su venganza por no haberle sabido cuidar no termine siendo una despiadada matanza.
Bajo mi punto de vista, solo hay dos elementos de la existencia que hacen las veces de base en busca de ese constante equilibrio que tanto necesitamos para saber poner un pie delante del otro: el Amor y el Arte. ¿Cuántas veces hemos dejado de pagar el alquiler de nuestra burbuja de confort para irnos a vivir a una estación de trenes, con la confianza de no volver a dejar escapar el siguiente vagón y, cuando se nos acercaba, reculábamos dándole la espalda o, en ocasiones, obligándole a alejarse propinándole un estruendoso empujón? Dime, querido Lector, ¿cuántas veces te has encontrado en semejante situación? Yo he huido en muchas ocasiones, se lo puedes preguntar a mi gastado Corazón y siempre me va a dar la razón —a mí me gustan mucho todos los deportes; supongo que por eso, si tuviera que elegir ser de un equipo de fútbol, me decantaría por el Club Deportivo Tropezón—.

Cuando vivíamos sin encierro me cuestionaba mucho qué era fácil, aparte de quejarse. Lo cierto es que soy una pobre poeta que también es poeta pobre, trabajando con audífonos cuando era yo la que ansiaba ser escuchada. Siempre me he considerado una Mujer fantasma, por lo pálida y sigilosa que soy. Una amante de las palabras que encontró al Amor de su Vida gracias a la Escritura. Fíjate, Lector, que soy tan buena que me han tomado por tonta mil y una noches. Un día no muy lejano, me miré en el espejo y me creí el reflejo por una vez. ¿Y qué, si a la gente no le gustaba lo que hacía? ¿Y qué, si me tachaban de perezosa por querer vivir del Arte? Me bastaba con saber que me gustaba a mí. Me convencí de que debía seguir adelante porque la Vida no me iba a esperar. Tuvo que aparecer la cuarentena para hacérmelo ver en condiciones. Yo adoro vivir por si el Fin se me acerca demasiado. Vivir es complicado pero, ¿qué es fácil, aparte de quejarse?
Me pregunto por qué tiene que venir una plaga en forma de cataclismo para hacernos ver que, en la Vida, existe un lado con una silueta sin egoísmo: el Optimismo.
Pienso que los errores que cometo son mi mejor docente. Lo que más me importa es que mis letras lo cuenten. Me da igual si es aquí, en una isla desprovista de gente o en el país del sol naciente. Solo merece la pena ser valiente y aprender del susto siguiente.
Atrévete, Lector. Si nos vamos a morir igual. Atrévete porque luego te sentirás mejor. Descubrirás y vencerás tu absurdo miedo al terror. Atrévete aunque no salga como quieres, lo importante es que te superes. Atrévete porque al menos lo habrás intentado y no permaneciste con los brazos cruzados.


Por eso he necesitado una reclusión de más de treinta días para elegir ser sincera conmigo misma y probar un bocado de esa suerte antes de que se me lleve la Muerte. En mi caso, le diría a la Mujer que invade mis sueños con su inspiración lo siguiente: «Pequeña, solo quiero no perderte…». ©

Sobre el autor

Sara Levesque

Me llamo Sara. Escribir es mi gran pasión. Empecé para superar el desamor, a modo de terapia. Como no lo conseguí, permanecí agarrada al lápiz, por si las moscas. Soy una romántica que no tiene remedio. Ni lo quiere. Una amante de las palabras a la que no conoce nadie, que se pasa los días reescribiendo su vida. Una adicta al café solo, a asfixiarse entre cigarros, a escribir de madrugada, y a todo lo imposible. No me asusta madurar; me asusta madurar sin haber aprendido nada de verdad. No me da miedo llorar; me da miedo dejar de reír. No me asusta sufrir; me asusta no saber vivir. Soy audioprotesista por dinero y una excusa, soñadora por culpa de las musas, y Escritora por amor al arte y a mi naturaleza inconclusa. Lo primero es un trabajo para ganarse la vida, lo segundo es mi estilo de vida, y lo tercero es lo que me mantiene con vida. www.bohemiateadoro.wordpress.com es mi hogar. Bienvenidos.

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