Ruralidad LGTB: un problema silenciado

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Elena Flores

A ojos de la sociedad, el activismo LGTB es algo que ya no es tan necesario en España. De algún modo, esta idea había calado en los colectivos pues, desde que se aprobó el matrimonio igualitario, un gran silencio inundó la esfera pública y, aunque existen muchas entidades que hacen gala de la bandera arcoíris, su actividad ha caído de manera precipitada.

 

Muchas de ellas han dejado sus labores de reivindicación para centrarse en el plano docente, como una especie de tránsito hacia el aburguesamiento que ha servido para que muchos políticos hayan aprovechado la circunstancia y hayan desarrollado una nueva forma de  discurso de odio.

 

Otras tantas asumieron que su única función era preparar la celebración del Orgullo, el cual se ha convertido de un tiempo a esta parte en una fiesta que, para muchos, se ha transformado en la cara más capitalista y consumista de nuestro colectivo. Esto también ha traído consigo todo un aluvión de críticas en tanto en cuanto ha sido una forma más de enriquecimiento para una parte aprovechado nuestro gusto por lo festivo para transformar nuestra reivindicación en una forma más de consumo.

 

De este modo, las fiestas, las subvenciones y el adoctrinamiento han venido para copar los titulares, actuando como dardos envenenados en una sociedad donde cualquier colectivo minoritario sirve como chivo expiatorio para desligar la mirada de problemas más graves; sin embargo, muchas entidades siguen sin prestar atención a todas estas cuestiones que nos aquejan, las cuales se inscriben en la profundidad de nuestro país y que son obviadas por la lejanía y por la falta de empatía que tienen aquellos que ocupan sus fuerzas en debatir online sobre nuestro devenir, como si el discurso escrito en la Internet solucionara todos nuestros obstáculos a la hora de desarrollar nuestra vida con total libertad y sin que nadie nos juzgue por ser y amar a quien queramos y como queramos.

 

Entre todos los problemas del colectivo — que son muchos y muy variados—, el que podría considerarse más destacable en España, a la vez que el más olvidado, es el de la LGTBIfobia rural. Ligada al gran problema de la España vaciada, la LGTBIfobia supone un añadido sociológico que articula uno de los discursos de odio más recalcitrantes que puede sufrir una persona LGTBI en Occidente, el discurso del desconocimiento focal.
¿Y por qué desconocimiento focal?, sencillamente porque el habitante rural actual no es analfabeto, como sí podría haberlo sido en épocas pasadas, pero sí que tiene un conocimiento o empatía mucho menores de las realidades sociológicas que tienen que ver con la igualdad y con la diversidad, es decir, el desconocimiento está focalizado hacia ciertas cuestiones que están en relación, generalmente, con los patrones que rompen con el sistema patriarcal.

 

Dicho sistema se articula a través de la imagen de la virilidad, es decir, del ser hombre y masculino, con lo que ello implica. La ruralidad asume los paradigmas que han articulado las
sociedades desde el pleistoceno, a través de los cuales el hombre era el ocupante supremo de la esfera pública, frente a la mujer, cuya labor era la de ser esposa y madre.


A través de esta dicotomía, se inculcaba en la sociedad toda una serie de estereotipos mediante los que se asumía que cualquier semejanza con la vida de una mujer se convertía automáticamente en una actitud reprobable. De este modo, los hombres homosexuales y las mujeres trans se han visto totalmente discriminados por su cercanía al concepto de feminidad.

 

En el otro polo, aunque de una forma mucho menos agresiva, se sitúan las lesbianas, que han sufrido una invisibilización total por su doble condición de mujeres y homosexuales, los hombres trans y las personas bisexuales, quienes, a pesar de ser igualmente criticados, se han adaptado al contexto de la invisibilidad o aceptación relativa por su cercanía a la estructura patriarcal.

Junto a esto, es importante señalar la realidad de que la esfera rural no permite tener el mismo acceso al conocimiento que pueden tener las personas que viven en las grandes metrópolis (recordemos que aún hoy existen puntos negros, es decir, zonas de España donde el acceso a Internet no está al alcance de todos), pero, además, la vida de campaña lleva consigo el fomento de la vida tradicional y, por tanto, cualquier desviación de la idiosincrasia del pueblo suele desencadenar en una hecatombe para quienes rompen con la heterosexualidad o cisgenerismo impuestos.


De este modo vemos que muchas de las personas LGTB que viven en los pueblos sufren acoso por parte de sus vecinos y/o viven en un armario permanente, asumiendo que, a no ser que salgan de su círculo más cercano o migren hacia las ciudades, esa será su forma de vida, una vida coartada por el contexto en el que se circunscriben.


Esto también provoca una diferenciación social ingente entre la vida metropolitana y la rural, puesto que motiva al abandono de las zonas campestres, con lo que ello conlleva en la economía y el bienestar de las personas. Las migraciones, aunque sean internas, siempre traen consigo el desarraigo y la sensación de no pertenencia, lo que nos lleva también a muchos cuadros de no aceptación por parte de las personas LGTB, con todo lo que ello conlleva a la hora de afrontar los problemas y de desarrollarnos como seres sociales.


Por estas razones, el activismo debe volver a ser lo que era, porque más allá de las ciudades, de nuestras ganas de celebrar la diversidad en el mes de junio y de la docencia institucional existen problemas graves que estamos obviando y que rompen con nuestras ansias de igualdad pues, a pesar de que se señale el problema a través de los medios o articulemos leyes en defensa de los derechos del colectivo, aún no hemos encontrado la vacuna que acabe con los virus de la desigualdad y el odio, los cuales son, al fin y al cabo, el inconveniente más grave que nos ocupa, puesto que si no acabamos con ellos desde la raíz, seguiremos conviviendo con ellos eternamente.

Sobre la autora

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Elena Flores

(Madrid, 1991) es profesora de lengua y cultura española y activista LGTB+ en Andalucía. Dedicada,sobre todo, a la poesía, ha publicado 3 poemarios  — Cábala:amor (2016), Redes,(2017) y Tránsito (2019)— en losque desarrolla su activismo por la diversidad. Además ha sido publicada en dos antologías: Y lo demás es silencio. Vol. II (2016, Chiado editorial) y De Chueca al cielo. Cien poemas de amor celebrando la diversidad LGTBI.(2019, Transexualia). También es destacable su colaboración en revistas LGTB+ como Togayther, Queer Magazine y Juventud & Diversidad escribiendo sobre literatura y cultura LGTBI. Ha sido ponente en el I Encuentro de mujeres creadoras LBT, organizado por la Culta en Madrid, y en el I festival de series LGTB+ de Sevilla Temporada queer.

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