Miedo vs Esperanza

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Sara Levesque

Siempre tuve clavada la espinita de probar la escritura. No como un hobby, sino de manera profesional. Temía intentarlo. Sin ser consciente, una poeta me entregó material como para escribir mil tratados sobre ella. Yo, que no soy maestra de filología, ni tengo idea de nada en absoluto, me vi capaz de darle forma hasta que mis manos se confundiesen con su cuerpo; porque daba para mucho.

Eso me llevó a pensar que podría ser una artista de las palabras el día que diera el paso. El día que me atreviera a avanzar y enfrentar mis emociones. No quería perder lo que sentía cuando me miraba desde sus enormes bolas de fuego. Me refiero a sus ojos. Solo soy una escritora a la que aún le sobrevive el Corazón encallecido. Con su vistazo hecho llamarada y una risa tan inagotable y vigorosa, era capaz de ablandarlo cuando me descubría curioseándola. 

Mi conclusión fue que, si inspiraba tanto a una pobre bohemia como yo, era porque atesoraba la esencia de ser una de esas poetas de las que siempre agrada llevar un ejemplar en el bolso; se deja en la mesilla para que vigile nuestro sueño; o simplemente está en la estantería entre cientos de libros, destacando sobre los demás de alguna manera. Al mirarlo sabríamos sonreír, porque su autora transmitió su propio entusiasmo a las páginas, alumbrando cada palabra. Aún pienso así de ella.

Ella, de natural mediadora, al convertirse en escritora dio a luz a una autora que todo explora y lo perfora como el humo de una fumadora, cuyas letras condecoran a una gran creadora, que era ella misma: una mujer de la que cualquiera se enamora.

Hubo un tiempo en que, entre todas esas tinieblas, me llenaba de un gozo inmenso que esta Musa opinara sobre mis escritos. En positivo y en negativo. Cuando sonreía asegurando que le gustaba mi estilo, yo no podía contener las babas en la boca, de la emoción. El hecho de que le encantara lo que escribía y cómo lo transmitía era el mejor y más caluroso halago que podía recibir. Parecía que me iba convirtiendo en una de sus autoras favoritas. Quizá de esas de las que siempre llevas un ejemplar contigo más manoseado de lo normal porque lo has leído varias veces. Era perfecto… Pero existía un problema. Y es que nunca sería lo que yo quería ser para ella: una de sus amantes favoritas. De las que siempre llevas una foto en la billetera para mirarla de vez en cuando antes de que el olvido borre su cara.

Mi propósito siempre fue complacerla, a través de la escritura y a través de mis sonrisas. Era mi objetivo. El único, de hecho. Ojalá lo hubiese descubierto antes, cuando tenía mi completa atención…

Lo cierto es que nuestra historia empezó realmente bien; casi parecía irreal. Luego se fue torciendo poco a poco, sin avisar. Pasamos de la utopía a la misantropía. Empezamos a creer que sabíamos de todo cuando no teníamos ni idea. Y acabó de la peor manera: con un abismo de silencio que nos separó años y años, igual que una fatídica condena. Después de devanarme los sesos tantísimas noches, de aprender a sacarme el cerebro de la cabeza para manosearlo como se manosea una bola de cristal y averiguar cuál fue el error que cometí, creo que lo encontré. Me quedé esperando a que ella diera el paso en nuestra atracción mutua, como si fuese su obligación o su turno, sin darme cuenta de que yo también tenía pies para avanzar hasta sus labios.

En parte está bien, porque todo el dolor surgido desde entonces significa que lo vivido fue lo bastante real como para que ahora mortifique. Hubiese dado mi Alma a cambio de asesinar sin piedad mi cobardía. Quedarnos a vivir en las pupilas de la otra, parpadeando si nos apetecía estar a solas. Que, por una vez, los golpes de la Vida los tradujéramos en golpearnos las caderas sobre la cama, en el suelo, contra la pared, sobre la lavadora para comprobar si lo del meneo del centrifugado era cierto, o donde se nos antojase, sanándonos las heridas, rompiendo los «día a día», reventando la rutina al galope de nuestros Orgasmos.

Me quedé con ganas de declararle que era la luz de mis días, que no soportaba respirar en una realidad ficticia con ella sin que estuviera de verdad. Que a veces no me soportaba a mí misma y solo toleraba el día si era con la persiana bajada. Que no me importaba dibujar el futuro con los esquemas del pasado. No me importaba, lo prometo, siempre y cuando ella estuviera a mi lado. No quería que el tiempo volviera a pasar y arrepentirme otra vez de comprobar que se distanciaba.

No lo hice y elegí guardar silencio. Entre el miedo y la esperanza me quedé con la emoción más negra, dándole la espalda al verde. El tiempo consiguió curarme, pero no fue fácil contarle esta historia al papel de bata blanca mientras lloraba tinta.

Esto le puede pasar a cualquiera, Lector. No permitas que te ocurra a ti.

Sobre la autora

Sara Levesque

Me llamo Sara. Escribir es mi gran pasión. Empecé para superar el desamor, a modo de terapia. Como no lo conseguí, permanecí agarrada al lápiz, por si las moscas. Soy una romántica que no tiene remedio. Ni lo quiere. Una amante de las palabras a la que no conoce nadie, que se pasa los días reescribiendo su vida. Una adicta al café solo, a asfixiarse entre cigarros, a escribir de madrugada, y a todo lo imposible. No me asusta madurar; me asusta madurar sin haber aprendido nada de verdad. No me da miedo llorar; me da miedo dejar de reír. No me asusta sufrir; me asusta no saber vivir. Soy audioprotesista por dinero y una excusa, soñadora por culpa de las musas, y Escritora por amor al arte y a mi naturaleza inconclusa. Lo primero es un trabajo para ganarse la vida, lo segundo es mi estilo de vida, y lo tercero es lo que me mantiene con vida. www.bohemiateadoro.wordpress.com es mi hogar. Bienvenidos.

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