Las redes sociales y el aumento de la LGTBfobia

Chico mira la pantalla de su móvil triste

Carlos Asensio

«¿Por qué los gays celebran tanto el día de San
Valentín si lo suyo no es amor, es solo vicio?»

Juan E. Pflüger
(Responsable de Prensa de VOX)


El problema que hay con todas las fobias es que, vistas desde la distancia, son como los fenómenos paranormales: parece que no creemos del todo en ellas hasta que nos salpican de forma clara y directa. Es el resultado de años de educación forzada en el individualismo y la falta de empatía. Pero la cosa cambia cuando pasamos a ser nosotros los receptores de la animadversión. Cuando nos convertimos en las víctimas del odio de las otras personas. Cuando entendemos, finalmente, que la intolerancia hacia un determinado colectivo es tan arbitraria que nos puede tocar a nosotros mismos por cualquier motivo insignificante.

Hoy, 17 de mayo, se celebra el Día Internacional contra la Homofobia, la Transfobia y la Bifobia, en conmemoración de la fecha en que la homosexualidad fue, por fin, eliminada de la lista de enfermedades mentales de la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Aunque ya hace treinta años exactos desde que este acontecimiento tuvo lugar, el odio contra la población LGTB+ no solo no ha desaparecido, sino que vivimos en una época en la que se ha recrudecido. Los avances legales y sociales que el colectivo ha ido conquistando a lo largo de las últimas décadas –incluido el matrimonio igualitario y varias leyes autonómicas pioneras–, han puesto en guardia al sector de la población española más intolerante y han hecho que se intensifiquen, incluso a nivel político, los mensajes de odio y las agresiones.

Pero ilustremos con datos esta afirmación: en el año 2018 (último año del que hay información recogida y consolidada), el Observatorio Madrileño contra la Homofobia, la Transfobia y la Bifobia registró 345 incidentes relacionados con el odio hacia el colectivo LGTB+ en la región, cuando el año anterior (2017) se habían registrado 321. Por su parte, su homólogo en Catalunya, el Observatori contra l’Homofòbia, registró para el mismo periodo 113 casos, dos más que el año anterior (2017) y 29 más que en 2016. En ambas comunidades se puede apreciar un repunte en los casos de odio, que poco a poco ha ido afianzando una tendencia creciente.

Es importante tener en cuenta, además, que estos datos no incluyen todos aquellos incidentes que no se denuncian jurídicamente ni se recogen de forma estadística o institucional. Como ocurre muchas veces con la violencia, esta no siempre actúa de forma visible, clara y reconocible. Muchas agresiones no son consideradas porque nadie alza la voz para denunciarlas, ya sea porque son agresiones “más sutiles” (como el acoso psicológico o los insultos a través de las redes sociales), porque se tiene miedo a las represalias (lo que ocurre con gran parte de las agresiones a menores LGTB+ en los colegios e institutos), por el temor al rechazo y a la exclusión social (como ocurre con aquellas personas cuya orientación sexual han decidido mantener en secreto), o porque el incidente se produce dentro del seno familiar o de la pareja, ámbitos de extrema privacidad.

Sin ir más lejos, hay un tipo de práctica LGTBfóbica que ha crecido exponencialmente durante los últimos años: el acoso a través de las redes sociales. Plataformas como Twitter, Facebook o Instagram, aunque son centros de información, entretenimiento y conocimiento compartidos, también se han convertido en un hervidero de insultos, acoso y persecución al diferente. Esto se hace más palpable y evidente cuando en redes se habla de temas sociales y políticos que desagradan a los grupos de ultraderecha, jaleados por partidos antidemocráticos como VOX: feminismo, activismo LGTB+, ecología y medio ambiente, antirracismo, anticapitalismo…

Es muy frecuente que casi cualquier mensaje procedente de colectivos históricamente oprimidos o minoritarios sea recibido con algún insulto, agresión verbal o incluso amenazas, la mayoría de las veces realizadas de forma anónima. Significarse en una red social, hablar de forma abierta y tolerante, ser simplemente como uno es, tiene muchas veces como contrapartida odio y menosprecio por parte de determinados individuos y grupos radicales:

 

  

 

Ejemplos como los que os traigo son, sin lugar a dudas, delitos de odio. En palabras del propio Observatorio Madrileño contra la Homofobia, la Transfobia y la Bifobia: “Aunque en un principio parezca un ataque sutil, es grave. Estos insultos se pueden denunciar. En este sentido, en la Comunidad de Madrid existe una ley que sanciona administrativamente estas conductas”. Analizados bien los mensajes, se puede apreciar que el acosador en cuestión incurre en insultos relacionados con la orientación sexual (‘mariposa’, ‘nena’, ‘hiena vestida de pluma y aceite’, ‘mariposita que suelta enfermedades’, ‘braguitas’), insultos relacionados con la forma de pensar y la ideología (‘femipoetilla’) y se atreve, incluso, con amenazas veladas (‘este es el lugar al que irás’, refiriéndose al infierno de Dante).

Afortunadamente, cada vez hay una voluntad mayor –política, jurídica y legislativa– de combatir la intolerancia y el odio. Cada vez contamos con más instrumentos y herramientas para analizar, concienciar y formar en la lucha contra un problema tan relevante. Buena prueba de ello son los observatorios contra la LGTBfobia mencionados, o la creación de un Ministerio de Igualdad con una Dirección General específica sobre Diversidad Sexual y Derechos LGTBI.

La clave, al final, es no infravalorar la importancia de estos mensajes de odio y tratar de denunciar siempre que se pueda. La violencia, el acoso y la LGTBfobia no deben quedar impunes.

 

Sobre el autor

Carlos Asensio

(Mallorca, 1986) es licenciado en Sociología y Ciencias Políticas, además de experto en feminismo y en diversidad sexual.
Como escritor ha publicado los poemarios Arder o quemar (Maclein y Parker, 2019) y Dejar de ser (Chiado, 2017), y su poesía también ha aparecido en varias revistas literarias como Maremágnum, Zéjel, OcultaLit o Triadæ Magazine.
En 2018 cofundó la editorial Circo de Extravíos, cuyo primer volumen es la antología de poesía ilustrada Amores líquidos (2019). Carlos colabora con medios como El Asombrario, Diario16, 20 Minutos u OcultaLit.

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