La necesidad de categorizar los cuerpos

Carlos Asensio categorizar cuerpos Carlos Asensio

Carlos Asensio

«¿Existe un buen modo de categorizar los cuerpos? ¿Qué nos dicen las categorías? Las categorías nos dicen más sobre la necesidad de categorizar los cuerpos que sobre los cuerpos mismos».

Judith Butler

 

No hay nada más frustrante que la arbitrariedad del prejuicio, la etiqueta mal utilizada, la imposición del cliché absurdo. No hay nada más inútil y dañino que el abuso de la idea preconcebida: utilizar atajos mentales que, mediante un resumen experiencial y escasamente contrastado, nos permiten hacernos una idea rápida y autocomplaciente de un determinado hecho o colectivo social.

Las mujeres feministas. Las personas trans. La gente de origen africano. Los activistas anti desahucios. La población andaluza. La gente de origen rural. Las personas veganas.

Nos encontramos en la era del abuso del compendio, en la época del ahorro de tiempo y de espacio, en el siglo de la comodidad de las taxonomías y de las clasificaciones humanas. La falta de empatía ha triunfado sobre la tolerancia. El egocentrismo ha dejado atrás la comprensión del otro y la solidaridad. Ya no es necesario detenerse a entender y respetar a personas individuales y únicas. Ya no hace falta dotar a cada ser humano de una personalidad, unos rasgos psicológicos y unos hábitos propios.

La clave es decidir cuál es el rasgo que más destaca de una persona –léase también como: qué rasgo nos interesa destacar de un cuerpo–, y proceder a interpretar todos sus actos, palabras y hechos vitales en clave de colectivo. Ahora todos representamos a una estirpe, a un grupo, a una población. Somos portavoces de nuestra propia idiosincrasia. Somos un cuerpo y somos miles, cientos, millones. Somos nosotros y también todos los que son como nosotros.

Los prejuicios, mecanismos mentales más antiguos que el propio mundo, son especialmente estigmatizantes cuando son utilizados contra colectivos oprimidos, minoritarios, incomprendidos. Contra grupos de población que viven, de forma obligada o voluntaria, en el margen de la cisheteronormatividad, alejadas del capital económico, simbólico y político. El prejuicio pasa entonces de ser un error desafortunado a convertirse en una herramienta de control y manipulación. Un procedimiento para invalidar luchas, desactivar exigencias políticas y erradicar movimientos sociales.

El movimiento LGTB+ es uno de los colectivos que más cruelmente ha sufrido las consecuencias de la generalización y del abuso de la preconcepción. Y esto no ocurre solo con el color de piel, la vestimenta o los rasgos corporales, que saltan siempre a la vista y anticipan el prejuicio; también el discurso personal y la forma de entender el mundo como queer producen hiper categorizaciones:

Las mujeres lesbianas, concebidas como violentas o histéricas, erotizadas en sus relaciones sexuales, todas (sin excepción) vestidas con ropa holgada y peinadas con el pelo corto.

Los hombres gays, vistos por el imaginario social como afeminados, débiles o elegantes. Promiscuos y superficiales, comportándose de forma banal y despreocupada.

Las personas trans, políticamente construidas como artefactos fallidos, personas con problemas psicológicos. Continuamente interpretadas como engendros sin espacio en nuestro sistema de géneros binario.

La gente bisexual, vistos por la sociedad como en una continua transición hacia otra cosa, todos ellos personas hedonistas y viciosas, posiblemente confundidas, u ocultando algo.

Es mediante este tipo de malintencionados maniqueísmos que se construye la identidad del otro, del diferente. Del enemigo. Esta es una estrategia política muy antigua y efectiva, que se ha usado hasta la saciedad contra el colectivo LGTB+. Sin ir más lejos, las declaraciones que la líder del partido de extrema derecha en Madrid hizo sobre la celebración del Orgullo en el centro de la capital vienen a confirmarlo: el colectivo LGTB+, manifestándose a favor de sus derechos y reivindicando su existencia, es para ellos un «espectáculo» que «denigra la dignidad de las personas» donde la gente comete «actos explícitos sexuales en la calle». Volvemos al cliché, a la pantomima, a la excesiva simplificación para que el mensaje cale y llegue más lejos.

Obviamente, todo el mundo conoce, por ejemplo, a mujeres lesbianas que transgreden el prejuicio que han establecido para ellas, o personas trans completamente normativas, adaptadas a la realidad social que nos viene impuesta, pero esto nunca es considerado como una prueba de la ineficacia de la regla, sino como la excepción que la confirma. Sigue siendo más útil y efectivo políticamente categorizar, aunque sea de forma errónea, que abordar realidades individuales complejas.

Si a este discurso sobre la etiqueta y el prejuicio le sumamos conceptos tan lúcidos como el de performatividad de Judith Butler, nos situamos ante un marco explicativo mucho más esclarecedor: la mayoría de categorías que utilizamos para interpretar el mundo (‘hombre’, ‘mujer’, ‘lesbiana’ o ‘heterosexual’) no poseen una base esencialista, sino que son una consecuencia de los actos llevados a cabo por las personas. Actos que no son inocentes o casuales, sino que están influidos por el marco heteronormativo en el que vivimos. 

Por decirlo de una forma aún más clara: las normas que utilizamos para leer a los demás no son causadas por una base biológica o psicológica inamovible, sino que son efectos de la forma de vivir de las personas. Actos que, a raíz de ser repetidos y promovidos por el poder cisheteronormativo, pasan a ser considerados como naturales

Como bien explicó Butler, la clave para superar estas categorizaciones, estas taxonomías degradantes e intencionadas, es la utilización de la performatividad: hacer uso del cuerpo, del habla, de la vestimenta, para subvertir el discurso hegemónico, remodelar el imaginario socio-político y crear nuevas realidades difícilmente simplificables.

Sobre el autor

Carlos Asensio

(Mallorca, 1986) es licenciado en Sociología y Ciencias Políticas, además de experto en feminismo y en diversidad sexual.
Como escritor ha publicado los poemarios Arder o quemar (Maclein y Parker, 2019) y Dejar de ser (Chiado, 2017), y su poesía también ha aparecido en varias revistas literarias como Maremágnum, Zéjel, OcultaLit o Triadæ Magazine.
En 2018 cofundó la editorial Circo de Extravíos, cuyo primer volumen es la antología de poesía ilustrada Amores líquidos (2019). Carlos colabora con medios como El Asombrario, Diario16, 20 Minutos u OcultaLit.

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