En mi etiqueta pone ‘soy feliz yo’

Sara Levesque

Ignoro cuándo se supone que salí del armario. No recuerdo en qué momento fui consciente de ello o cuándo empecé a percibir que esa emoción estampaba su huella en lo más profundo de mi ser. ¿Es que acaso existe alguna pauta para sentenciar el estado actual de nivel «armario»? Si así fuera, sería algo parecido a «te has acostado con tres mujeres, de modo que ya eres, oficialmente, lesbiana recién salida del armario. Nivel superado. ¡Felicidades! Aquí tienes un distintivo Fuera del armario. No olvides llevarlo a la vista para que se te identifique con facilidad».

No comprendo esas definiciones vacías. La gente no grita a todas horas «hola, soy hetero». Es por esa razón por la que yo no presumo de ser lesbiana ni de ser nada, solo me importa andar mi camino sin sentirme desviada.

Nunca me han gustado las etiquetas. Quizá por eso me cuesta descifrar si he salido del armario y vivo dentro de él. Más bien, me atrevería a afirmar que mi armario no tiene puertas que me marquen dónde estoy, como si fueran unas barreras impuestas a conciencia. Sin portones, no se cancela ni la entrada ni la salida. No se juzga si vives la vida como una huida. Se convierte en un espacio abierto con un acceso que también cuenta con un billete de ida por si te apetece extraviarte en la lejanía.

De niña, me atraía el hecho de disfrutar de un caramelo o un buen bombón y pasaba los días despreocupada saciándome de su sabor. De adulta, me siento profundamente atraída por las mujeres pero no voy a hacer ninguna comparación. Sigo disfrutando de pequeños placeres pero cargo con una etiqueta que, ni he pedido, ni me puedo extirpar.

¿Por qué necesitamos encasillarlo todo? Me cuesta interpretar por qué se debe llevar una marca asociada a la orientación sexual y no por el hecho de ser morena, baja, delgada, bizca o bracicorta. ¿Es porque se trata de un tema carnal y nos excita saber a quién se meten entre las piernas los demás? Por no hablar de la presión que dicho sello acarrea. Al final, algo tan hermoso como amar a otra mujer acaba en un tabú hueco de placer. Eso no puede ser.


Es como si el mundo LGTB necesitara las etiquetas para compensar ciertas carencias. Y yo, que puedo llegar a ser muy retorcida a veces, le doy la vuelta a la tortilla y me pregunto: «¿no será el resto del mundo el que tiene carencias, pues ellos son los que discriminan? Una persona LGTB no margina a otra heterosexual ni le cuelga un rótulo para remarcar su identidad».

El año pasado me entrevistaron en una de las Ferias del Libro a las que acudí. Entre las preguntas que me hicieron, una de ellas me llamó mucho la atención. Querían saber qué opinaba sobre la literatura en el ámbito LGTB, dado que escribo casi siempre de esta temática.—Solo sé que soy Mujer, escritora, lesbiana y tan normal —fue mi sincera respuesta. Puede que suene feo, pero me dio la impresión de que la pregunta arrastraba la sombra de «¿qué le falta al colectivo LGTB para ser normal, en cualquier ámbito?».

También estuve en la radio Onda Madrid promocionando mi novela. El presentador me lanzó una pregunta que me sorprendió, dado que di por hecho que íbamos a hablar de literatura y nada más.
—Sara, tú eres abiertamente lesbiana, ¿verdad? —me dijo, sin tapujos.En décimas de segundo tuve que decidir si exteriorizar con sinceridad lo que quería responderle, con el riesgo de que se sintiera ridiculizado en directo; o contestar lo que él quería escuchar, aunque se saliera de lo que mis labios deseaban expresar. Mi respuesta fue una mezcla de ambas opciones que, creo, le agradó y me permitió salir del paso con elegancia.
—Sí, pero si se me tiene que poner una etiqueta, prefiero que sea la de «Escritora», no la de «Homosexual» —dije, entre risas para no crear tensión en el ambiente.

Quizá todo este asunto sea una lucha; no por ello tenemos que convertirlo en una guerra… Somos el único animal capaz de usar los labios para besar y, en vez de eso, los malgastamos en insultar.
Será por todo eso que desconozco cuándo se supone que he salido del armario ni con cuántas etiquetas cargo. La única conclusión a la que he llegado, lo único sobre lo que no albergo ninguna duda, es que soy feliz porque sé quién soy. Sin excusas y sin disculpas. Sin presumir ni mentir. Me siento tan libre que podría volar. Convivo con ciertos miedos que, en ocasiones, me hacen llorar. Me miro en el espejo y río sin parar. Y, si alguna vez hubo un armario, bloqueé sus puertas con mi etiqueta para no volver a entrar.

Sobre el autor

Sara Levesque

Me llamo Sara Levesque. Escribir es mi gran pasión. Empecé para superar el desamor, a modo de terapia. Como no lo conseguí, permanecí agarrada al lápiz, por si las moscas. Soy una romántica que no tiene remedio. Ni lo quiere. Una amante de las palabras a la que no conoce nadie, que se pasa los días reescribiendo su vida. Una adicta al café solo, a asfixiarse entre cigarros, a escribir de madrugada, y a todo lo imposible. No me asusta madurar; me asusta madurar sin haber aprendido nada de verdad. No me da miedo llorar; me da miedo dejar de reír. No me asusta sufrir; me asusta no saber vivir. Soy audioprotesista por dinero y una excusa, soñadora por culpa de las musas, y Escritora por amor al arte y a mi naturaleza inconclusa. Lo primero es un trabajo para ganarse la vida, lo segundo es mi estilo de vida, y lo tercero es lo que me mantiene con vida. www.bohemiateadoro.wordpress.com es mi hogar. Bienvenidos.

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